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Raúl González Romero trabaja en una agencia funeraria como operador y cremador. Su trabajo consiste en ir a hospitales, SEMEFO, fiscalías, casas habitación, etc. –donde está el cuerpo de un recién fallecido– para trasladarlo a la agencia donde trabaja.

No le tiene miedo a la muerte ni a los muertos, al contrario, siente un profundo respeto. Además es una persona tranquila, serena y muy platicadora.

Su peinado es impecable, ni un cabello fuera de lugar, todos están donde el cepillo cuidadosamente lo ubicó con la ayuda del gel suficiente. Anda de playera tipo polo y bien fajada; pero no solo porque así lo exija su trabajo, es el porte que él tiene.

Raúl tiene 33 años, es Beatle-maníaco y del cuarteto prefiere a Paul. Afirma que a diario pone sus canciones y las escucha con su esposa e hijos. De estos últimos, tiene cuatro; de un matrimonio previo al actual y adoptó a los primeros de su esposa: “estamos fusionados desde hace 6 años; dijimos: los tuyos, los míos, los nuestros”.

Como es de Puebla, es aficionado camotero, pero también le va a Lobos BUAP. De hecho, con los primeros hizo pruebas en sus fuerzas básicas, “pero no me fue tan bien”, afirma mientras mueve su cabeza de lado al lado y sonriendo, viendo al horizonte, como recordando aquella experiencia.

Siempre, desde niño, le gustó la preparación de alimentos y bebidas aunque no lo estudio. De hecho, hasta hace unos meses trabajó a la par de la funeraria, en un centro de convenciones y amigos le cuestionaban: “vas de lo triste a lo alegre, cómo le haces”. Es una forma de terapia, dice, de relax.

Un cosa más: también crema cuerpos.

Desde hace siete años, se dedica a esta actividad. No solo va por ellos, no solo los levanta, no solo los coloca en ataúdes. También los incinera y deposita en su respectiva urna.

Raúl platicó con Poblanerías en línea, para contar su historia.


 
Raúl González Romero, cremador. Foto: Juan Carlos Sánchez Díaz
¿Qué es un cremador?
Es la persona que hace la función de pasar el cuerpo a su último lugar, su nombre lo dice: cremación, lleva un proceso aproximadamente de tres horas, en el que el cuerpo es calcinado y a la vez, al último es presentado en una urna.
¿Cómo fue la primera vez que cremó?
Pues, de inicio sí es impactante, puesto que por cosas del destino llegué aquí y sí es impactante ver un cuerpo.

¿Qué es lo impactante, cuando lo cargas, verlo cremarse?

Yo creo que es la manipulación y ver cómo se está cremando.
¿Qué sucede en ese momento?
Pues realmente, de inicio, como todos, a veces piensas en la familia, son reflexiones. Como la valoración de las personas y a lo mejor cómo puede acabar uno también.
“Cómo puede acabar uno también” ¿eso lo invita a reflexionar?
Claro. El proceso es corto, cómo puedes morir. A veces dices “bueno, es una cremación, ya es algo preparado”. Pero también puedes morir en un accidente y a veces como que lo reflejas, cómo muere una persona en un accidente, quemado y cómo muere una persona en un proceso ya fijo.
¿Hace algo antes de tomar o manejar un cuerpo, algo personal, una preparación?
De hecho tú lo has dicho, es algo muy personal; desde el momento en que nosotros recolectamos el cuerpo en casa. Pedimos un permiso para manipular con respeto a la persona; no deja de ser un cuerpo, no dejamos de creer en un alma. También puede ocurrir un accidente, un golpe sin querer, agarrar mal a la persona; entonces siempre pedimos un permiso, hablamos con ellos, directamente con la persona, sin conocerla, a veces con el nombre, a veces “señor, oiga jefe, padre, madre, madrecita”. Siempre pedimos el permiso para manipular.
¿Qué siente cuando habla con ellos?
Llega a haber tranquilidad, porque mucha gente nos dice: “Tú lo vas a quemar, qué se siente”, pues no es que uno lo quiera hacer, sino que alguien lo tiene que hacer, es un trabajo. Como cualquiera uno se acostumbra y mucho más con respeto.
Ahora que justamente dice que es su trabajo, ¿qué opina la gente cuando se entera que es cremador?
Realmente mucha gente lo admira. No se sacan de onda, solo dicen “yo no lo haría, no me acercaría”. Y realmente sí es el abrazo –qué bueno, Dios te puso ahí por algo–. Y desde ahí viene el respeto a los demás, a los difuntos. Nunca ha habido rechazo. Solo alguno que otro apodo, pero luego dicen “no es cierto, qué bueno que lo haces”.
¿Cómo es el proceso, desde que va por el cuerpo, hasta que lo entrega en una urna?
Es llegar, preguntar por el familiar. Todo con un respeto. A veces no pedimos las “buenas tardes”, solo nos presentamos, porque sabemos que no son buenas para ellos. Eso siempre se los comento a los compañeros: “No llegues con un buenas tardes, porque no se lo están pasando bien”. A veces solo un “hola qué tal, venimos por su familiar”.
Empezamos el proceso: dónde se encuentra el cuerpo, en qué estado y qué posición, cómo lo vamos a bajar, porque a veces es muy difícil de un segundo o tercer piso o las casas son tan chicas que no puedes mover la camilla o el cuerpo. Han habido veces que sí lo hemos tenido que poner en silla de ruedas o parar la camilla.
También pedimos certificado médico, sin eso no podemos salir; tenemos que leerlo bien, puesto que no sabemos si viene con un golpe, una fractura; que pudo haber pasado primero por un SEMEFO o una Fiscalía, antes de nosotros, sí tenemos que tenerlo claro. No podemos trasladar el cuerpo si no hemos leído bien el certificado médico.
Llegamos aquí (funeraria), después comienza el embalsamado. Ya posterior a eso, nosotros llegamos a recolectar el cuerpo con el ataúd asignado y con delicadeza, para no manchar o deshacer el trabajo que hizo la compañera, lo depositamos. Precisamente porque es delicado el cuerpo.
Cuando llega la cremación, ¿vuelve a hablar con el cuerpo?
Sí. Lo vuelvo a saludar. Lo tomo de la mano; lo primero que vea yo, su cabeza o su mano; se le dice que se le va a cremar, que no es por un dolo, sino porque es mi trabajo hacerlo.
Usted le avisa.
Sí, para que esté tranquilo el cuerpo y para los que creemos en el alma, también esté tranquila y para que yo no me lleve una pesadez a mi hogar.
¿Qué es el alma?
Híjole. Pues por creencia, es algo que se siente. Es el cariño, es el pensamiento, algo que llevas de tu familiar.
¿Ha sentido que el alma sigue?
Se ha sentido pesado, sí.
Por la vida que llevó o por el carácter, ¿se siente algo al estar manipulando el cuerpo, logra percibirlo?
A veces, pero cuando son dolosos. Cuando son asesinatos, alguien que se ahorcó, se suicidó, sí se siente. Es triste. Hay veces que lo metes sin ningún problema, pides permiso y todo. Pero con ellos sí se siente pesadez, miedo; pero obviamente es uno muy raro, como un presentimiento, es muy particular, muy diferente.
Un ataúd aguarda en la zona de hornos mientras un cuerpo es cremado. Foto: Juan Carlos Sánchez Díaz
¿Se necesita algo para ser cremador? Como una capacitación o algo física y mentalmente.
Sí. Pues hay que ir agarrando ese valor. Y así como se va aprendiendo, se va enseñando. Es un oficio. Con nuestra compañera Nancy es con la que nos apoyamos más, en todos los aspectos. Ella nos dice cómo manipular los cuerpos por los tipos de enfermedades, el uso de guantes y cómo nos exponemos si no los usamos.
Y físicamente, también se necesita algo. Un cuerpo muerto sí pesa bastante, hay que saberlo cargar y manipular.
Mentalmente, hay compañeros a los que sí les da miedo. No están preparados para hacer esto. Es fuerza y mentalidad. A veces se les viene un recuerdo de algún familiar. Deben venir mentalizados.
¿Alguna vez se ha quedado con alguna sensación rara o incómodo, por cómo murió alguien?
Tal vez no incómodo, hubo una sola vez que nunca se me va a olvidar. Es de lo que a veces no contamos: fue ver llorar a una niña, aquí.
Ella era de una familia separada. Su papá entró con su nueva pareja, su mamá también. Entre los dos se despidieron de la niña y se salieron. Cuando nosotros ya estábamos listos para empezar el proceso, empezaron a escurrir sus lágrimas.
Fue justo antes de prender el horno. Cuando le estábamos diciendo: “nena va a empezar la cremación”, le empezaron a escurrir de cada lado, con sus ojos cerrados.
Le secamos las lágrimas, no dijimos nada, nos quedamos viéndonos.
A veces nosotros decíamos que era el formol, lo que les inyectan, pero es un solo caso entre unos 500 o mil que he cremado; uno en particular, una niña que llora…
Quedamos viéndonos y dijimos “no lo vamos a contar porque nadie va a creernos”.
Podríamos intentar dar una explicación científica, pero ¿usted qué cree que haya pasado, por qué lloró?
Por el alma, estaba aún presente. Yo creo que todavía no se iba, era lo que quería: ver por última vez juntos a sus padres. Yo creo que así como fue alguna vez, nosotros así lo percibimos, se volvieron a encontrar junto con ella.
Sentí tristeza. Es cuando uno reflexiona, de por qué se separan, por qué le tocó este proceso a ella.
¿Por qué elegiste este empleo?
Realmente nunca pensé dedicarme a esto. Siempre me dediqué a las cadenas de restaurantes, pero siempre me llamaron la atención los muertos. No sé si era morbo, de que teníamos un familiar muerto, me acercaba a verlo. Me entraba esa curiosidad. Hasta que llegué aquí y vi que las cosas no eran realmente por morbo, sino que me atrae el trabajo.
Convivir con los muertos. Manipularlos. Porque realmente lo hace uno con respeto.

¿Alguna vez ha cremado a alguien cercano?

No, aún no.

 

Raúl se levanta del sillón donde concedió la entrevista, dentro de la funeraria a unos pasos de los hornos de cremación. Se deja tomar algunas fotos, primero serio y después sonríe, no parece cómodo, pero accede al fin. Se despide de mano y un abrazo: “qué pase un excelente día”, remata, antes de caminar por los pasillos.

 


POB/LFJ